El Museo de Bellas Artes de Valencia ha presentado hoy una obra inédita de Diego Velázquez, el boceto «Dama de perfil», que fue pintado durante el primer viaje del artista sevillano a Italia, entre 1629 y 1631, y que se expondrá junto con el resto de la Colección Delgado desde mayo y durante tres meses.
Esta presentación coincide con el anuncio que hizo el pasado lunes la sala Abalarte, que subastará el próximo 25 de abril en Madrid un cuadro atribuido a Velázquez hasta ahora inédito, el retrato de una niña pintado por el maestro sevillano era muy joven.
El director del Museo de Bellas Artes de Valencia, José Ignacio Casar, ha presentado «Dama de perfil» en una rueda de prensa en la que han intervenido asimismo la doctora en Historia del Arte y responsable de la autenticación del cuadro, Carmen Garrido, y la directora general de Cultura y Patrimonio, Carmen Amoraga.
«Dama de perfil» es, según Garrido, «un boceto de una figura ya pintada en otro cuadro» por identificar, y en él se muestra a una mujer con el rostro girado, el pelo trenzado y adornado con perlas, una cadena en torno al cuello y el pecho parcialmente descubierto.
El Coliseo de Roma, el monumento más visitado del mundo, todavía esconde muchos secretos, y una nueva exposición se ha propuesto desvelar algunos de ellos. De sus casi 20 siglos de historia lo más conocido es el papel que jugó como escenario de batalla de gladiadores, pero poco se sabe sobre la función que desempeñó en la Edad Media, cuando dentro de él se formó una especie de “ciudad dentro de la ciudad” con casas y todo tipo de negocios, desde talleres artesanales hasta carnicerías.
En la muestra Coliseo. Un icono, inaugurada este miércoles en su segunda planta y abierta hasta el próximo 7 de enero, el monumento que empezó a construir el emperador Vespasiano en el año 70 y concluyó Tito una década después cuenta la intensidad de una vida larga y rica que lo ha terminado convirtiendo en un símbolo. Una enorme reconstrucción de madera realizada por el arquitecto Carlo Lucangeli entre 1790 y 1812, ahora restaurada, representa su imagen original, con 80 filas de gradas, galerías, capiteles y figuras decorativas de bronce. Era su época gloriosa, cuando todavía lucía su epígrafe inaugural, hoy expuesto tras ser descubierto en unas excavaciones en 1813.
¿Quién era Miguel Hernández? ¿Cómo un oriundo de Orihuela, destinado a ser otro jornalero de frente y manos duras, acabó dotando a la poesía española de todo un aliento agro, un savoir faire de entraña, un relámpago sin mística? ¿Cómo pudo una mala tisis llevárselo tan pronto, en una cárcel, sin una cebolla blanca en la boca? ¿Qué versos futuros perdía la Historia -y su Josefina- de quien fue joven hasta para morir? ¿Quién era Miguel Hernández? Pero, sobre todo, ¿quién sigue siendo Miguel Hernández?
Se cumplen 75 años desde que falleciera el 'hijo español' de Pablo Neruda -su 'padre', Alberti; su 'hermanísimo', Lorca, otro que se fue sin mirar atrás-. Miguel Hernández sigue vivo. En cada verso de poeta contemporáneo su influencia no es errata. Generación tras generación, hay un 'post-miguelhernandismo' en la metáfora patria. Conversamos con algunas de las voces de la poesía actual española para saber de primera mano cómo hay un 'viento del pueblo' que sigue su rumbo en los pulmones de los otros.
"La influencia de su escritura ha sido menor que el calado de su actitud y de su leyenda abaratada. Miguel Hernández fue más de lo que nos dijeron", afirma el poeta Antonio Lucas (Madrid, 1975) en un hilo que recoge con el mismo impulso Momo Galera (Murcia, 1997), coordinador de la Jam de nakama y del Micro Abierto de 'La Casa Vieja' en Albacete: "De los poetas actuales, son muchos los que se han dejado bañar por la tinta crítica de Miguel Hernández, aunque posiblemente son menos de los que deberían".
La libertad es algo
que sólo en tus entrañas
bate como el relámpago.
"Miguel Hernández no es un poeta cuya influencia pueda rastrearse fácilmente porque la suya no fue una obra revulsiva, que sentara las bases de una estética propia", explican desde la editorial Esto no es Berlín. "Lo valioso es que, aún así, fue un poeta original. Su influencia está, o debería estarlo, en su actitud poética indesmayable". Una actitud en donde cada víscera está al servicio del siguiente verso, cada músculo tensado para asombrar con una tilde nueva al lector.
Desde la Fundación Miguel Hernández advierten de que la vigencia de su verbo radica en "su autenticidad, intemporalidad del mensaje, su rebeldía por aquello impuesto". Hablan de que sus libros "suponen un gran esfuerzo por aspirar a la belleza partiendo de lo simple", de que su influencia en la poesía contemporánea promueve "una vuelta al yo, al intimismo". Y con un vistazo a los poetas del hoy que serán poetas mañana: el 'yo poético' de Miguel ha alargado su sombra telúrica hasta nuestros días.
Un legado en lunas
"Miguel Hernández es un poeta de un extremo virtuosismo y un deslumbrante talento natural, que supo cantar a la vida, tomar partido en los duros dilemas de su tiempo y no renunciar jamás a su sentido de la dignidad y la verdad". Las palabras de Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973) sirven de cimiento para cantar qué delimita la poesía del oriolano. "Si algo la define, es esa extraña resiliencia de la juventud en la libertad. Estos son sus dos mayores pilares: el amor y la libertad", expone desde su Málaga natal el joven vate Jorge Villalobos (1995).
Para Momo Galera, el mejor sinónimo de Miguel Hernández es "la lucha". "Es el consagrado 'poeta del pueblo' por el fiel reflejo que hace de ese sentimiento de lucha obrera, de causa republicana. La obra de Miguel es un retrato detallado de una España atrasada". Para su Fundación, los lendeles que dejó Miguel se escriben con tres adjetivos fieros: "Auténtico, profundo, sencillo. Su obra bebe de las fuentes del pueblo".
Un pueblo que de alguna forma le dio la espalda y la cruz de la moneda de una idea. Hubo que reivindicarlo, aunque su herencia poética aún galopa rauda. Para Villalobos, Miguel Hernández "fue mártir porque no aceptó cadenas, porque no renunció a la sonrisa ni su voz. En cada poema se ve una honestidad titánica, eso es su legado". Raquel Lanseros coincide y lanza el órdago: "Sin su figura no es posible explicar la producción poética posterior".
Y Antonio Lucas lo resume, ¿qué define la poesía de Miguel Hernández? "El instinto. La calentura de un verso que sube alto la imagen poética y que cuenta con una potencia verbal asombrosa". ¿Cómo definiría su legado? "Como el de un hombre que nació fieramente para la poesía, para el asombro y para el dolor". Quedan por saber las razones por las que debe su sangre seguir estercolando el territorio poético.
Leer una ausencia
La editorial Esto no es Berlín da su impresión, que no va mal encaminada: "Hay que leerle, primero, porque, admitámoslo, no lo leemos todo lo que deberíamos, pero la España de la crisis probablemente sea más sensible a la magnitud de su voz". La poeta Luna Miguel (Madrid, 1990), sin embargo, retrata en esta anécdota una razón que tiene raíz (de ser) y árbol (genealógico):
"Yo nunca había leído a Miguel Hernández, sentía que sus palabras no representaban ni mi vida ni mis sentimientos. Sin embargo, al cumplir los 18, mi abuela me regaló una antología de su obra que agradecí y en seguida olvidé en mi estantería. En aquella época, yo vivía con mi abuela en Alcalá de Henares. Recuerdo que a veces, en el desayuno, ella recitaba de memoria algunos de sus versos. Por supuesto, yo no los reconocía.
Un día, no sé por qué, leí la antología de principio a fin. Volví a no sentirme identificada con Hernández, y sin embargo sí que me sentí más unida a mi abuela. Es curioso cómo un poeta que nunca terminó de gustarme acabó haciéndome sentir así: más orgullosa de ser nieta de esa mujer que durante años fue profesora de literatura y recitó de memoria los versos de grandes poetas y, por supuesto, los de Hernández".
Momo Galera, desde su propia trinchera de juventud, no negocia: "Cualquier joven escritor que pretenda en sus textos virar el timón a contracorriente, ser en definitiva crítico y autocrítico, debería impregnarse de la tinta libertaria de Miguel". Otro que se afianza en esa idea es Jorge Villalobos: "Tanto para la vida como para escribir es mucho lo que puede enseñar , reflejarnos, abrazarnos en momentos adversos o difíciles". Elige un verso: voy entre pena y pena sonriendo.
¡Dejadme la esperanza! es el que elige desde la fundación del poeta Aitor Larrabide, su presidente, puesto que "resume muy bien la filosofía vital de Miguel Hernández. Su obra representa no sólo un ejemplo de la evolución de la poesía española del siglo XX sino también de la pasión por la escritura y por la cultura como única forma de progreso".
"Se trata de un poeta hondo y luminoso. Cuando leí El rayo que no cesa en la adolescencia, me impresionó tanto que se convirtió en uno de mis libros de cabecera", dice y concluye Raquel Lanseros, quien elige mismo libro que Antonio Lucas, que aprovecha para dar el porqué de su lectura: "Porque abre el idioma, porque dota las palabras de lumbre, amor, rabia y autenticidad. Porque su escritura es un trallazo. Es uno de esos hombres que lanzan las palabras más lejos que la vida".
Una vida que se le escapó de las manos bajo el frío que da el azul entre los barrotes. Esas mismas manos que escarbaban la tierra a dentelladas, esos mismos ojos que dio a los cirujanos para la libertad o esa misma boca que apenas si pudo decir adiós -a su Josefina- una sola vez. Y no volvió. Pero siempre se vuelve a él. Hay testigos.
Roma es esa ciudad en la que el tiempo se para y avanza a la vez. Se detuvo en los primeros siglos de nuestra era, luego en el Renacimiento, en el Barroco... y transcurre cada día en el barullo de sus calles. Se frenaron las vidas de los 24 becarios de la Academia de España en Roma durante los nueve meses del curso 2015-2016 que disfrutaron su estancia allí y, simultáneamente, su actividad creativa se aceleró. Fruto de esto surge Hecho en Roma, la exposición en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (Madrid) que, hasta el 2 de abril, muestra algunos de los trabajos que realizaron estos artistas en ese privilegiado lugar que es San Pietro in Montorio con el templete de Bramante como elemento único.
El peso de la arquitectura en la residencia, de alguna manera, también se ha trasladado al diseño expositivo y ha marcado el discurso de la exposición, ya que su comisario, el arquitecto Manuel Blanco Lage, ha querido acordarse de Brunelleschi, jugando con los módulos y las retículas. Prueba de ello es la contraposición o conjunción -depende de cómo se mire- de algunas obras, como las de Jorge Conde que muestra una serie de seis fotografías en las que se ve cómo algunos mendigos de la ciudad han hecho de las arcadas del acueducto Acqua Felice su hogar. A los restos de la Roma clásica le dan vida y sigue dando vida, sobre todo cobijo. En frente, como si la sala de la Calcografía Nacional fuera una basílica de una nave y estas obras marcaran el transepto, una suerte de políptico de vídeos: entrevistas con los directores o responsables de los centros y museos de arte contemporáneo, instituciones poco frecuentes hasta hace unos veinte años en Italia.
Recordaba siempre Maurits Cornelis Escher que "el asombro es la sal de la tierra". Su obra cuenta con buena parte de esta filosofía. Ciencia, naturaleza, rigor analítico y capacidad contemplativa fueron las señas de identidad con las que creció y con las que ha sabido mantenerse 40 años después de su muerte. "Cada vez que veo estos grabados, encuentro un hallazgo nuevo", señala el coleccionista de arte Federico Giudiceandrea, uno de los comisarios junto a CEO de la M.C. Escher Company Mark Veldhuysen, de la exposición con la que, además, se reabre el Palacio de Gaviria. Así, desde hoy y hasta el 25 de junio, vuelve a Madrid tras una década de su última exposición. "Fue un país donde encontró la inspiración".
La estrecha relación del artista con España e Italia, donde pasó varias temporadas entre 1921 y 1935, fue el detonante de su carrera como artista gráfico. El eslabón entre sus estudios de arquitectura y su nuevo forma de entender el arte fue su maestro, Samuel Jessurum de Mesquita, quien despertó en él un marcado interés por la teselación - regularidad o patrón de figuras que recubren o pavimentan completamente una superficie plana-. San Gimignano fue una de las primeras ciudades que visitó y en la que aprendió no sólo a dibujar paisajes sino también la naturaleza. "Cuando volvía a Roma, esos dibujos los convertía en xilografías", explica Mark Veldhuysen. "Fue todo un maestro del grabado".